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El Rol de los DD.HH.

Hace un año escribí la primer nota de opinión sobre neurociencia y como nace la necesidad de un disciplina correcta que deberá regularse. Durante mucho tiempo creímos que la frontera de los derechos humanos estaba en el cuerpo: la tortura, la censura, la represión, la prisión arbitraria. Hoy esa frontera se ha desplazado hacia un territorio más profundo y silencioso: el cerebro humano.

La neurociencia demostró algo decisivo para la política contemporánea: no decidimos solo con la razón. El cerebro funciona como un sistema integrado donde las emociones cumplen un rol central. El problema aparece cuando la neurociencia se combina con big data, inteligencia artificial y plataformas digitales masivas, entrando de lleno en el campo del poder. Ya no se trata de comprender cómo decidimos, sino de orientar esas decisiones.

Giuliano da Empoli lo describe con crudeza en su libro El ingeniero del caos. El Brexit fue un punto de inflexión: no se ganó con un debate racional, sino mediante una ingeniería emocional segmentada. A partir de datos extraídos de redes sociales, se construyeron perfiles psicológicos y se bombardeó a millones con mensajes diseñados según sus miedos y resentimientos. El votante creyó decidir libremente, cuando en realidad lo hizo dentro de una arquitectura cognitiva previamente diseñada.

Estados Unidos y China muestran dos caminos distintos hacia un mismo riesgo. En el modelo estadounidense, el mercado algorítmico configura el entorno emocional para que ciertas opciones parezcan naturales. China, en cambio, integra la tecnología en un modelo explícito de vigilancia estatal. El resultado converge: la captura de la voluntad.

La defensa de la libertad ya no se juega solo en las calles o en los tribunales. Se juega, cada vez más, en la intimidad de la mente.

Frente a este escenario emerge el neuroderecho. No busca frenar la ciencia, sino poner límites constitucionales al uso del conocimiento sobre el cerebro. Juristas como Marcello Ienca y Roberto Andorno proponen reconocer nuevos derechos fundamentales: la libertad cognitiva, la privacidad mental, la integridad psíquica y el derecho a no ser manipulado neurotecnológicamente.

La cuestión es de fondo: sin libertad interior no hay ciudadanía libre. Manipular emociones sin conciencia no es persuasión legítima; es una forma moderna de dominación. El mayor peligro es un poder que gobierna sin mostrarse, que no ordena ni reprime, sino que induce. Cuando el cerebro deja de ser un ámbito protegido, la democracia se vacía desde adentro, aunque conserve sus rituales externos.

Noel Breard - Presidente de la Comisión de DDHH del Senado de Corrientes

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