La vigencia de la doctrina social de la Iglesia frente a los falsos absolutos del mercado y del Estado.
En contextos de crisis recurrentes, endeudamiento crónico y desigualdad creciente, resulta útil volver a una tradición frecuentemente ausente del debate público: la doctrina social de la Iglesia. Mucho antes de que se hablara de finanzas depredadoras o concentración estructural de riqueza, las encíclicas Rerum Novarum (1891) y Quadragesimo Anno (1931) ofrecieron una crítica profunda tanto al liberalismo económico extremo como al socialismo estatista.
León XIII analiza el surgimiento del capitalismo industrial moderno y advierte que la libertad económica sin justicia social deriva en el dominio del fuerte sobre el débil. Expresaba que el trabajo humano no es una mercancía y que la lógica que convierte al hombre en costo y a la pobreza en daño colateral resulta moralmente inaceptable. Su crítica no rechaza la propiedad privada, sino su uso sin función social.
Al mismo tiempo, la Iglesia rechaza el socialismo por absolutizar al Estado, suprimir la propiedad privada y reducir al individuo a un engranaje del poder público. Allí donde todo pertenece al Estado, la libertad y la dignidad se debilitan.
Pío XI profundizó ese diagnóstico en un mundo golpeado por la gran depresión. Denunció la concentración del poder económico y financiero en pocas manos, la subordinación de la política al dinero y una verdadera dictadura económica. La competencia descontrolada conduce a monopolios, exclusión social y crisis recurrentes, mientras los Estados terminan socializando pérdidas y privatizando ganancias.
La economía debe estar subordinada al bien común; no hay libertad real en sociedades empobrecidas ni dignidad humana en sistemas donde el dinero o el Estado lo controlan todo.
La enseñanza común de ambas encíclicas es clara: ni mercado absoluto ni Estado absoluto. La propiedad privada existe, pero con función social; el salario debe ser justo y el Estado debe regular el poder económico, no servirle. Esta mirada anticipó conclusiones de pensadores modernos que demostraron que el capitalismo sin correcciones institucionales tiende a destruir el tejido social.
En la Argentina actual, atrapada entre la fe ciega en el mercado financiero y estatismos ineficientes, estas reflexiones conservan plena vigencia. El liberalismo extremo promueve la valorización financiera y la destrucción del empleo, mientras que el estatismo mal entendido ha generado inflación, burocracia y estancamiento. En el medio, la economía real se debilita, las pymes se asfixian y las provincias pierden recursos y autonomía.
El verdadero desafío es construir una economía al servicio de la persona, del trabajo, de la producción y del bien común.
Noel Eugenio Breard - Senador Provincial UCR Corrientes

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