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Cuando el odio se vuelve doctrina: una lección del siglo XX

'Los monstruos existen, pero son demasiados pocos para ser realmente peligrosos. Más peligrosos son los hombres comunes, los funcionarios dispuestos a creer y actuar sin cuestionar nada' Primo Levi, Sobre el Holocausto


Uno de los errores más peligrosos cuando analizamos el nazismo es reducirlo a un estallido de irracionalidad colectiva o a la locura de un líder fanático. El Tercer Reich fue un proyecto de poder profundamente organizado, sostenido por un cuerpo doctrinario filosófico, jurídico y sociológico que transformó el odio en sistema y la exclusión en política de Estado.

El régimen nazi no se limitó a reprimir, reorganizó integralmente la sociedad, construyó una cosmovisión donde la historia era una lucha biológica entre razas, el Estado una unidad absoluta y el enemigo un elemento a eliminar. Para ello se apoyó en tradiciones intelectuales poderosas que otorgaron legitimidad intelectual a la violencia política.

La apropiación del pensamiento de Nietzsche es un ejemplo central. El concepto del superhombre, que en el filósofo aludía a la superación cultural y moral del individuo sometido, fue degradado a una teoría de superioridad racial. Martin Heidegger aportó otro pilar inquietante, presentando al nazismo como la realización del destino histórico del pueblo alemán. Pero quizás el andamiaje más decisivo fue jurídico: Carl Schmitt legitimó la dictadura al definir la política como distinción entre amigo y enemigo.

Este entramado confirma una lección incómoda: los totalitarismos más peligrosos no nacen solo del caos o de crisis mal gestionadas, sino de nuevas formas de pensar convertidas en dogma absoluto, capaces de reorganizar la sociedad entera en nombre del orden, la identidad o la salvación colectiva.

Lo inquietante es que estos patrones no pertenecen solo al siglo XX. Los populismos autoritarios contemporáneos reproducen estructuras similares: construcción del enemigo interno, desprecio por el pluralismo, exaltación del líder como voz exclusiva del pueblo verdadero y relativización de la legalidad. La historia enseña que el peligro no comienza con los campos de concentración, sino con la normalización del odio como explicación del mundo.

El verdadero desafío de una sociedad madura es superar ambos extremos, romper la lógica binaria en la que cada radicalización alimenta a la otra y bloquea cualquier salida racional.

Hay una enseñanza adicional que no debe perderse de vista: una mala respuesta a una crisis o a un fracaso previo no habilita otra mala respuesta como solución. El colapso de un modelo injusto o ineficaz no justifica la adopción de salidas autoritarias, excluyentes o dogmáticas. Dos malas respuestas sucesivas no construyen una buena respuesta económica, social ni política.

La única manera de salir de esta trampa no es pelearnos más, sino sentarnos a dialogar en serio. Hace falta volver a una política con sentido común, con respeto y con ganas de hacer las cosas bien, y animarnos a construir algo mejor entre todos, donde nadie quede afuera y cada uno pueda ser protagonista de su futuro.

Noel Eugenio Breard - Senador Provincial UCR

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